La Infibulación: El Cuchillo Eterno de las Madres
Rodolfo Herrera Charolet
En los pueblos donde el polvo se levanta como un lamento antiguo y el sol cae vertical sobre las chozas de adobe, todavĆa se oye, entre el canto de las cigarras y el llanto ahogado de las niƱas, el ritual que nadie se atreve a explicar.
Nadie sabe por qué. Nadie recuerda quién lo mandó. Pero se sigue haciendo. Como se sigue naciendo, como se sigue muriendo. Como si la costumbre fuera mÔs antigua que la propia memoria de los hombres.
La infibulación —esa palabra frĆa que los doctores usan para no mancharse las manos— es el acto mĆ”s atroz y mĆ”s persistente de la barbarie disfrazada de tradición. Consiste en tomar a una niƱa de dos a siete aƱos, atarla, abrirla con cuchillos sin filo y sin piedad, cortar sus labios, extirpar su clĆtoris y luego coser, con espinos de acacia, con hilo de corteza, con crueldad milenaria, la carne tierna hasta dejar apenas un orificio del tamaƱo de una paja de bambĆŗ. Por allĆ deberĆ” pasar, para siempre, la orina y la sangre menstrual. Nada mĆ”s. El placer, la alegrĆa del cuerpo, la simple posibilidad de ser mujer completa, queda sepultada bajo cicatrices que nadie llora.
Dicen las parteras, con la misma naturalidad con que anuncian la lluvia, que asĆ se hace desde siempre. Que asĆ lo hicieron sus madres y las madres de sus madres. Que es para protegerla. Que es para que no sea puta. Que es para que el marido la encuentre “cerrada” como se cierra un cofre de tesoros. Y uno se pregunta, con la indignación que quema la garganta: ¿desde cuĆ”ndo el amor se mide con candados de carne? ¿Desde cuĆ”ndo la fidelidad se asegura con cuchillo?
El doctor Cordero MarĆn lo describió con precisión quirĆŗrgica que hiela la sangre: extirpación total, sutura con espinos, piernas amarradas durante semanas, reapertura con cuchillo en la noche de bodas, nuevo cierre cuando el marido viaja, nuevo corte cuando regresa. Un eterno ir y venir de dolor, como si el cuerpo de la mujer fuera una puerta que solo el varón tiene derecho a abrir y a cerrar.
AquĆ, en estas tierras africanas donde la belleza del atardecer contrasta con la ferocidad del rito, la infibulación no es un error del pasado. Es una costumbre atĆ”vica, un fantasma que se niega a morir. Se practica aĆŗn en 28 paĆses, en secreto o a plena luz, porque la tradición pesa mĆ”s que la carne desgarrada, porque la religión mal entendida bendice el sufrimiento, porque el miedo al deseo femenino sigue siendo mĆ”s fuerte que el amor a las hijas.
Waris Dirie, aquella niƱa somalĆ que a los cinco aƱos fue cosida como un saco, lo gritó al mundo con la voz rota: “Me quitaron mi cuerpo”. Y sin embargo, las leyes llegan tarde y dĆ©biles. Las campaƱas internacionales se desvanecen como humo. Las madres siguen llevando a sus hijas al matadero porque “asĆ debe ser”, porque “quĆ© dirĆ”n las vecinas”, porque el peso de lo que siempre se hizo es mĆ”s pesado que el llanto de la pequeƱa que ya nunca volverĆ” a caminar sin dolor.
Hay una indignación profunda, casi sagrada, en saber que mientras escribo estas lĆneas, en algĆŗn lugar bajo el mismo cielo en el que vivo, una niƱa de seis aƱos estĆ” siendo abierta y cerrada como un animal. Y que maƱana, otra madre, con lĆ”grimas en los ojos y la certeza ciega de quien repite lo que no entiende, dirĆ”: “Es por su bien”.
¿Hasta cuĆ”ndo seguiremos llamando “cultura” a lo que no es mĆ”s que tortura ancestral? ¿Hasta cuĆ”ndo el cuerpo de las mujeres seguirĆ” siendo el campo de batalla donde se libran las guerras mĆ”s cobardes de la humanidad?
Nadie sabe por qué. Nadie recuerda quién lo mandó. Pero se sigue haciendo. Como se sigue naciendo, como se sigue muriendo. Como si la costumbre fuera mÔs antigua que la propia memoria de los hombres.
La infibulación —esa palabra frĆa que los doctores usan para no mancharse las manos— es el acto mĆ”s atroz y mĆ”s persistente de la barbarie disfrazada de tradición. Consiste en tomar a una niƱa de dos a siete aƱos, atarla, abrirla con cuchillos sin filo y sin piedad, cortar sus labios, extirpar su clĆtoris y luego coser, con espinos de acacia, con hilo de corteza, con crueldad milenaria, la carne tierna hasta dejar apenas un orificio del tamaƱo de una paja de bambĆŗ. Por allĆ deberĆ” pasar, para siempre, la orina y la sangre menstrual. Nada mĆ”s. El placer, la alegrĆa del cuerpo, la simple posibilidad de ser mujer completa, queda sepultada bajo cicatrices que nadie llora.
Dicen las parteras, con la misma naturalidad con que anuncian la lluvia, que asĆ se hace desde siempre. Que asĆ lo hicieron sus madres y las madres de sus madres. Que es para protegerla. Que es para que no sea puta. Que es para que el marido la encuentre “cerrada” como se cierra un cofre de tesoros. Y uno se pregunta, con la indignación que quema la garganta: ¿desde cuĆ”ndo el amor se mide con candados de carne? ¿Desde cuĆ”ndo la fidelidad se asegura con cuchillo?
El doctor Cordero MarĆn lo describió con precisión quirĆŗrgica que hiela la sangre: extirpación total, sutura con espinos, piernas amarradas durante semanas, reapertura con cuchillo en la noche de bodas, nuevo cierre cuando el marido viaja, nuevo corte cuando regresa. Un eterno ir y venir de dolor, como si el cuerpo de la mujer fuera una puerta que solo el varón tiene derecho a abrir y a cerrar.
AquĆ, en estas tierras africanas donde la belleza del atardecer contrasta con la ferocidad del rito, la infibulación no es un error del pasado. Es una costumbre atĆ”vica, un fantasma que se niega a morir. Se practica aĆŗn en 28 paĆses, en secreto o a plena luz, porque la tradición pesa mĆ”s que la carne desgarrada, porque la religión mal entendida bendice el sufrimiento, porque el miedo al deseo femenino sigue siendo mĆ”s fuerte que el amor a las hijas.
Waris Dirie, aquella niƱa somalĆ que a los cinco aƱos fue cosida como un saco, lo gritó al mundo con la voz rota: “Me quitaron mi cuerpo”. Y sin embargo, las leyes llegan tarde y dĆ©biles. Las campaƱas internacionales se desvanecen como humo. Las madres siguen llevando a sus hijas al matadero porque “asĆ debe ser”, porque “quĆ© dirĆ”n las vecinas”, porque el peso de lo que siempre se hizo es mĆ”s pesado que el llanto de la pequeƱa que ya nunca volverĆ” a caminar sin dolor.
Hay una indignación profunda, casi sagrada, en saber que mientras escribo estas lĆneas, en algĆŗn lugar bajo el mismo cielo en el que vivo, una niƱa de seis aƱos estĆ” siendo abierta y cerrada como un animal. Y que maƱana, otra madre, con lĆ”grimas en los ojos y la certeza ciega de quien repite lo que no entiende, dirĆ”: “Es por su bien”.
¿Hasta cuĆ”ndo seguiremos llamando “cultura” a lo que no es mĆ”s que tortura ancestral? ¿Hasta cuĆ”ndo el cuerpo de las mujeres seguirĆ” siendo el campo de batalla donde se libran las guerras mĆ”s cobardes de la humanidad?
El Everest es un gigacivo: inmenso, silencioso, eterno en su pasividad.
La infibulación es todo lo contrario: un volcÔn que no deja de arder sobre la carne viva de las niñas. Y nadie, nadie, parece tener el valor de apagarlo.
La infibulación es la forma mÔs extrema de mutilación genital femenina (MGF). Consiste en la extirpación de los genitales externos y la sutura de los labios vaginales para sellar la abertura, dejando solo un orificio minúsculo para la orina y la menstruación. Se considera una grave violación a los derechos humanos.
Motivos históricos y culturales: En sus orĆgenes y en la actualidad, se ha utilizado como una forma de controlar el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. Se asocia con el control de la virginidad, la fidelidad matrimonial y la pureza cultural o religiosa, a pesar de no estar respaldada por los textos sagrados principales.

