Las buenas intenciones no bastan
Los propósitos y las políticas públicas fracasan sin
método, constancia y responsabilidad
Es principio de año y, como dicta la costumbre, toca hacer
propósitos de Año Nuevo. ¿Ustedes ya hicieron los suyos? Si no, aún están a
tiempo. Yo siempre lo recomiendo: escríbanlos, desarróllenlos, que sean
realistas y, sobre todo, que nos hagan mejores personas.
Los propósitos de Año Nuevo suelen fracasar por una razón muy
simple: se anuncian con entusiasmo, pero se ejecutan sin método. ¿Les suena
conocido? Pues bien, hacer propósitos personales se parece mucho a diseñar
políticas públicas.
Primero: no basta la voluntad ni el arranque simbólico. Lo que
realmente hace la diferencia es la seriedad con la que se planean, se revisan
sus implicaciones legales, administrativas y financieras, y se les da
seguimiento. Por muchas uvas que se coman o por muchos listones que se corten,
nada de eso garantiza el éxito de una acción, ya sea en el ámbito personal o en
el público.
Segundo: gobernar —como proponerse cambiar hábitos— exige
constancia, orden y carácter. Empezar cuanto antes es importante, pero hacerlo
bien lo es todavía más. De lo contrario, las buenas intenciones terminan en
ocurrencias, y las ocurrencias casi siempre generan problemas que después pagan
los ciudadanos, a veces incluso con vidas.
Tercero: por muy noble que sea la intención o muy novedosa la
política pública, siempre debe estar sostenida técnica, jurídica y
administrativamente. Cuando no lo está, se cae… y suele arrastrar a toda una
comunidad en el proceso.
Así como el infierno, los pliegos de observaciones de la Auditoría
Superior del Estado están llenos de buenas intenciones.
En Puebla hoy se percibe una premisa clara: hacer las cosas con
método, corregir inercias costosas y asumir que el servicio público no admite
improvisaciones. Cuando los propósitos se convierten en planes y los planes en
acciones medibles, el resultado no es solo un buen inicio de año, sino una ruta
sólida de gobierno.
Al final, tanto en la vida personal como en lo público, el
verdadero éxito no está en prometer mucho, sino en cumplir bien.
Apunte al aire
Hablando de buenas intenciones y propósitos, este año algunos
seguirán la ruta de hacer más democrático el ambiente en sus comunidades. En
Tlahuapan, por ejemplo, figuraba un cacique que se asumía por encima del bien y
del mal, convencido de que podía —y debía— influir en cada decisión del
Ayuntamiento. Afortunadamente, la presidenta municipal decidió, y decidió bien.
Deshacerse de agentes nocivos y dar golpes de timón demuestra madurez política.
Sin duda, en Tlahuapan se reeligió bien y hoy se están
consolidando políticas públicas que quedarán como legado para el pueblo. Eso
sí, esos mismos caciques hoy intentan engañar a líderes de partidos políticos,
presumiendo un poder y un liderazgo que ya no tienen.
Recuerden, mis amigos azules y naranjas: en política no hay
sorpresas, hay sorprendidos. El capital político de hace quince años no se
conserva intacto; las decisiones del pueblo son dinámicas. Hay quienes siguen
intentando trascender exhibiendo viejos trofeos.
Hasta entonces.

