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Zenyazen Escobar García

Xalapa, Ver. — En el asfalto de Puente Nacional, donde la muerte no llega de visita sino que duerme con la ventana abierta, hallaron el viernes el cuerpo de Zenyazen Escobar García. El vehículo era ya un féretro barnizado. Las sirenas no anunciaban nada: apenas trazaban un círculo alrededor de lo que ya no podía contestarse. En esa geografía del Golfo la vida pesa lo que una promesa dicha bajo el sol de mediodía: se evapora antes de que alguien la cobre.


Desde San Lázaro, Raúl Bolaños-Cacho Cué pidió una investigación “pulcra”. La palabra quedó suspendida, limpia, inútil, como una servilleta doblada sobre un plato vacío. En el diccionario de la simulación, pulcra es el prefacio del olvido elegante: el expediente que se lava, el peritaje que se alisa, las culpas que se barren bajo el tapete hasta que ya no hacen ruido. Mientras tanto, la viuda y los hijos esperan una justicia que entiende de protocolos y no de hambre.

Rocío Nahle envió las condolencias de rigor. Cumplió el rito: la esquela breve, la frase justa, el silencio que sigue. En Veracruz la fiscalía a veces parece más atenta al relato que al rastro; el caso, como tantos, amenaza con archivarse con esa diligencia con que se archivan los nombres de quienes no tienen quién los recuerde en voz alta.

Dicen los reportes, con parsimonia de quien no tiene prisa, que se investigan las circunstancias de un fallecimiento ocurrido dentro de un coche orillado en la 140, a la altura de La Gloria. Había un disparo. Había un arma. El gobierno estatal habló de un deceso y no de atentado. La Federación atrajo la carpeta. La bancada se rasgó las vestiduras en el teatro de siempre, donde la justicia es una sílaba que suena bien y se asfixia en cuanto cesan las cámaras.

Hay, sin embargo, otra historia que no cabe en el pésame. No es la del diputado ni la del secretario ni la del hombre que un día empujó el sombrero en el pleno. Es la del niño que cojeaba.

Zenyazen Roberto no nació con el apellido que hoy encabeza las notas. Lo cargó después, como se carga un favor que no se puede devolver. La madre pobre no tenía pan ni cirujano. La pierna, torcida de origen, le torcía también el porvenir. Entonces un hombre —Víctor Escobar— prestó su nombre para que el niño pudiera entrar al quirófano. Una osteotomía: el corte preciso en el hueso, la realineación, el milagro administrativo de parecer hijo de otro para que el hueso propio se enderece. 

Así García Luna se volvió Escobar García: no por sangre, sino por desesperación. El apellido fue pasaporte. El hueso, la deuda.

Caminó después con esa pierna que ya no se doblaba igual. Llegó a maestro, a dirigente, a secretario, a escaño. Llevó el nombre prestado hasta el acotamiento de La Gloria, donde el metal del coche guardó el silencio de quien ya no necesita presentarse. Las autoridades prometen pulcritud. La pulcritud no le devolverá el hueso ni el nombre primero. Tampoco el tiempo.

Mientras los peritos buscan huellas en el asfalto, el país cuenta un muerto más y sigue. A este país no le interesan los orígenes de sus cadáveres: le interesa el número, el archivo, el olvido. Zenyazen Roberto —el de la osteotomía, el del apellido prestado, el de la pierna que alguien enderezó por caridad— entra ahora a esa lista que nadie mastica. Los vivos, con la boca llena de discursos, exigen justicia. El calor de septiembre no se inmuta.