Conectar en tiempos de
la IA
No estoy en contra de la Inteligencia Artificial, solo que para
todo hay tiempos y lugares
“En tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos donde todos
contra todos, en tiempos egoístas y mezquinos, en tiempos donde siempre estamos
solos…”. Así cantaba Fito Páez en 1999. Si
alguien no ha escuchado Al lado del camino y le digo que la escribieron ayer,
podría comentar: “Qué atinado análisis de lo que pasa hoy en día”.
Sin duda, siempre hay dificultades. El reto de hoy sigue siendo
escucharnos, crear comunidad y convivir con la soledad. Lo que es cierto es que
cada día es más difícil conectar. Las pantallas, las redes sociales y la
inteligencia artificial, a veces, en lugar de acercarnos, nos alejan más.
De esto ha escrito en su nueva encíclica el Papa León XIV.
Confieso que aún no la he terminado de leer; estoy en eso. Vale la pena para
quienes entendemos la política no desde el capitalismo o el socialismo, sino
desde la consecución del bien común, con los principios de subsidiariedad y
solidaridad.
En lo que he tenido oportunidad de leer, el Papa plantea esa
dicotomía del Antiguo Testamento entre la construcción de la Torre de Babel y
la reconstrucción de Jerusalén. Y esa, creo yo, es la decisión que tenemos como
humanidad: utilizar herramientas como la inteligencia artificial para construir
un mundo más justo y más humano, o utilizarlas para crear más distancia entre
nosotros y terminar creyéndonos infalibles.
Platicaba con mi amigo Tato sobre la encíclica, pero también sobre
la Inteligencia Artificial. Le decía que hay gente que le pide a la IA que le
genere una columna de opinión. Les digo a quienes lo hacen: se nota, y mucho.
Vaya, ChatGPT o cualquier otro proveedor dejan un tufo muy
reconocible en la redacción. Y, ¿saben qué? Lo que dice no conecta, porque no
es auténtico. Tiene un no sé qué, que qué sé yo, que simplemente no hace clic.
Me comentaba Tato que era ilógico: “Si quiero saber tu opinión
leyéndote y resulta que no fuiste tú, sino la IA… ¿para qué te leo?”. De
inmediato dejo de leerte. No me interesa lo que escribes, porque precisamente
no lo escribes tú.
En otra ocasión, durante una primera comunión, estaba platicando
sobre el gran Miguel Miramón. Comenté que había sido Niño Héroe y presidente de
México a los 28 años. Lo resalté por su juventud. Por cierto, sus restos están
en el altar mayor de la Catedral de Puebla. Pues más tardé en decirlo que uno
de los participantes de aquella tertulia respondió:
“Ya lo chequé en ChatGPT y no fue presidente a los 28, sino a los
27. Y tampoco está entre los seis Niños Héroes”.
Es cierto, fue presidente a los 27 años, mea culpa. Tampoco es de
los que aparecen en la monografía de la papelería, pero sí estuvo en el Colegio
Militar durante la invasión estadounidense. Tenía 15 años. Por lo tanto,
podríamos considerarlo un Niño Héroe, aunque la historia oficial y las
monografías escolares no lo hagan así. Quizá el prompt no fue del todo
acertado.
A todo esto, ¿es en serio? ¿Ya no se puede platicar sin recurrir a
ChatGPT? Vaya, nos podemos equivocar. Es parte de la riqueza de las
conversaciones.
Aunque, por otro lado, se logró el objetivo de alguien que, como
yo, es amante de la historia: despertar interés por ella. Ojalá esa persona lea
un poco más sobre esa época de México. Haría la siguiente plática más
interesante y tendría mejores preguntas para su Inteligencia Artificial.
En lo personal, me gustan los procesos. Los disfruto. Escribir
tiene lo suyo. Desde que lo piensas, tomas alguna nota de un libro que te
gustó, rescatas algún fragmento de una conversación con un amigo y luego
empiezas a redactar. Borras, corriges e incluso, como hoy está pasando, revisas
una y otra vez.
Al final lo vuelves a leer. Una o varias veces. Quizá antes lo
compartes con tu familia o con tus amigos. Luego lo dejas reposar, como un
pastel. Finalmente, lo mandas al editor o lo publicas en tus redes, según sea
el caso.
En tiempos de la inmediatez, estamos perdiendo el sabor del
proceso. Lo bonito que es equivocarse. Hoy parece que lo imperfecto conecta.
Pero más que lo imperfecto, conecta lo humano. Lo he sostenido muchas veces:
¿qué hace atractiva a una persona? Sin duda, que sea auténtica. Que no sea una
copia. En todo caso, siempre será mejor acudir al original.
Para muestra, un botón. Ayer veía el video que la Federación
Mexicana de Futbol hizo para presentar la lista de convocados de la Selección
Nacional. Qué desilusión. No conecta. Aunque le hayan puesto la voz del
entrañable Chespirito, la Inteligencia Artificial dejó su tufo. No tenía
emoción y, en algunos momentos, hasta un extraño acento argentino.
Hasta me pregunté: ¿acaso Roberto Gómez Bolaños tenía ascendencia
argentina y nunca me enteré?
Ojo, de ninguna forma estoy en contra del uso de estas
herramientas. Son valiosísimas. Quizá lo que hace falta es el criterio para
saber cómo usarlas.
Apunte al aire
Hoy muchos políticos se esfuerzan por estar en todos lados. Hasta
en la sopa.
No entienden que no entienden. Después vendrán los reclamos a su
equipo de comunicación o a los licenciados que diseñaron la estrategia. El
asunto no es estar hasta en la sopa. El asunto es estar donde se debe estar.
Entender tu realidad, entender el momento y saber dónde estás
parado. Aunque cada persona de la ciudad, del estado o del distrito vea tu cara
y tu nombre cada vez que abra su celular, si no hay contenido valioso, en lugar
de generar simpatía, generarás hartazgo.
Y muchos negativos. Sin duda, lo que más conecta son los
resultados.
Que afuera de tu casa haya luminarias suficientes. Que tu calle
esté pavimentada. Que tengas más y mejor seguridad. Que existan condiciones
para el bienestar de todos. Una cara de pocos amigos abrazando abuelitas y
cargando bebés no ayuda.
Hasta parece hecha con Inteligencia Artificial.

