¡Basta
de política!
A veces la palabra política
se reduce solamente a la búsqueda del poder o a la “grilla”.
“Basta de hablar de
política”, dicen muchos. Aprovechemos el Mundial para despejarnos y mejor
hablar de futbol. Aunque terminemos hablando de Infantino y de la FIFA, o sea,
de la política del futbol. A muchos amigos les he oído decir que les da flojera
la política. También que la política es lo mismo que corrupción. Vaya, sus
razones tendrán.
El concepto de política se
confunde. Nos referimos a ella como esos dimes y diretes entre personajes de la
vida pública que no hacen más que destruir, o como repartir folletos o
cualquier otro material publicitario para convencer a la gente de votar por uno
u otro partido o candidato. No solo en los tiempos propios para hacerlo, sino
en todos.
Claro que hay que estar
hartos de hablar de esos generadores de discordia. Del ataque constante en
redes sociales. De los desaseos de quienes administran el dinero público o de
los absurdos de los que son partícipes.
Tantas cosas pasan que
parece que estamos en los bloopers de una película. A veces el público, los
ciudadanos, pedimos que se acabe, que ya salgan los créditos.
Lo repito mucho porque lo
creo: la política es el arte de lo
posible, de generar las condiciones para la consecución del bien común. Por
lo tanto, reducirla a la grilla o a la actividad propia de la administración
pública creo que es injusto para la palabra política. Es injusto reducirla,
como muchos lo hacen, a esa ciencia que estudia la lucha por el poder.
Ya lo advertía al inicio:
la política está en todos lados. Incluso en el futbol. Quizá debería decir:
precisamente está ahí. Y no hablo de Infantino. Como he escrito, la política
está en la forma en que participamos todos en la consecución del bien común. Se
hace política participando en un foro universitario, expresando la opinión
sobre algún tema de la cosa de todos, participando en alguna asociación civil
y, sobre todo, en asuntos tan ordinarios como organizarse entre vecinos para
poner la basura en su lugar o tener algún protocolo de seguridad en
coordinación con las autoridades. Sin duda, la pesadilla de los malos.
Pero voy más allá: la
política, de cara al bien común y a la verdad, se construye desde la familia. Lo
escribí este fin de semana que fue el Día del Padre. Dicen que nadie nos enseña
a ser padres. Creo que es todo lo contrario: nuestros padres nos enseñaron a
serlo.
¿Y dónde más se aprende a
hacer política, si no es en el hogar? ¿Cómo? Ahí aprendemos a respetar la
autoridad. Si bien no existe la democracia tal y como la desearía la
Constitución, que dice que debe ser una forma de vida, por supuesto que existen
acuerdos. Todos los integrantes, con sus capacidades, deben hacer lo necesario
para el bienestar de la familia, cada uno desde donde le toque. En algo deben
contribuir.
Pero, sobre todo,
aprendemos a tratar al otro, y lo hacemos en un contexto de amor, porque eso
recibimos de nuestros padres. Con sus limitaciones, sí, pero también con todas
sus capacidades disponibles. De forma incondicional.
Entiendo que me dirán que
hablo desde el privilegio, y sí. Pero tampoco creo que algún padre no ame de
forma incondicional a sus hijos. El problema viene cuando sus limitaciones son
tales que el actuar dice otra cosa.
Suena trillado, pero para
aspirar a una mejor sociedad hay que apostarle a la política, bien entendida,
algo así como lo que intenté explicar aquí. Pero también hay que apostarle al
mejor generador de buenos ciudadanos, que hace lo que ninguna universidad o
institución puede hacer. Me refiero, por supuesto, a la familia.
Apunte
al aire
Un maestro me decía que
para tener posesión del derecho había que tomar una posición en el derecho. Así
es a la hora de opinar. Habrá con quien pueda coincidir. Habrá quien se pueda
enojar por lo que digo o escribo, porque estoy tomando una posición. Nada
personal, aunque pudiera parecer por lo vivido. Solo narro lo que veo, lo que
pasa.
Dicho esto, paso a hacer
política: dar mi opinión sobre lo que veo. Solamente narro lo que veo en el
partido.
Y hoy veo a una oposición
que se emociona por triunfos ajenos, que al día de hoy no se parecen al
contexto que ellos viven. Se ilusiona por el triunfo del PRI en Coahuila, cosa
que mantiene el status quo en ese estado. Festejan en X, antes Twitter, el
triunfo de la oposición en Venezuela.
La oposición, lejos de
construir una agenda propia, sigue la de Morena. Un año antes de la elección,
en todos los partidos ya se platica de “pre, pre, pre candidatos”. Siguiendo las formas del grupo en el
poder. No hay críticas de fondo, más que las que la 4T quiere colocar, que
generalmente son asuntos que le preocupan a una minoría que a veces cree que
son mayoría.
¿Cómo criticar los actos
anticipados de campaña si hoy la oposición también es parte de ellos? Se le
quiere ganar a la 4T jugando en su cancha, con su público y con su árbitro.
Más allá de criticar a los
gobiernos locales por organizar ferias, cosa que gobiernos de todos los colores
han hecho y responde a un uso y costumbre, o de aprovecharse de las históricas
deficiencias en infraestructura vial, potenciadas por las inusuales
precipitaciones que en los últimos años han caído, los partidos de oposición y
sus actores, salvo honrosas excepciones, no hacen más que recordarnos que la
lucha por el poder está dentro de la 4T y nada más.

