La
humildad en tiempos de cólera
Humildad y soberbia: un análisis del poder y la
reelección en la política poblana.
Este fin de semana tuve la oportunidad de visitar la Catedral de
Puebla. Cuando voy al centro de la Angelópolis y tengo un poco de tiempo,
siempre aprovecho para entrar; nunca deja de maravillarme toda la riqueza
cultural que tenemos en Puebla. En el altar mayor, llamado Ciprés, donde están
las esculturas de San Pedro en la cima y los cuatro doctores de la Iglesia
Católica —los primeros: San Agustín, San Ambrosio, San Gregorio Magno y San
Jerónimo— custodiando el altar. Debajo de este se encuentran las exequias de
los obispos poblanos y de uno que otro personaje célebre de nuestra historia,
como Miguel Miramón.
Por otro lado, en la entrada de la Catedral, a los pies de Nuestra
Señora del Perdón, se encuentra —a un lado del cenotafio del beato Juan de
Palafox— la tumba del obispo Álvarez de Abreu, quien, en un acto de humildad
—diría yo, más allá de la vida— pidió que sus restos no fueran enterrados junto
a sus predecesores: él deseaba estar con el pueblo. Incluso, para quien ha ido
a la Catedral de Puebla, la tumba no está protegida; se puede pisar, pues.
La humildad, en estos tiempos de calores políticos pre-pre-pre
electorales, es una virtud muy mencionada, quizá poco practicada y menos
entendida.
Hay muchos conceptos erróneos a la hora de definir la humildad:
desde pensar que es disminuirse o achicarse ante la realidad, hasta asociarla
con estar andrajoso o descuidado en el aspecto físico; o incluso creer que
consiste en ir a saludar a los que menos tienen, cargar niños enfermos o
abrazar personas de la tercera edad. Definitivamente, eso no es la humildad. El
gran Carlos Llano decía que no es apocamiento, sino estímulo de superación.
Solo si sabemos que somos menos, intentaremos ir a más.
Para saber que somos menos, habrá que hacerlo siempre a la luz de
la verdad, esa adecuación de la mente a la realidad, sin distorsionarla ni
autoengañarnos, llegando incluso a creernos nuestras propias mentiras. La
humildad debe estar orientada a lo bueno, a todo aquello que perfecciona a la
persona.
Estos tiempos de aparente “humildad”, desatada por las pre-pre-pre
campañas, están llenos de cólera que, de acuerdo con la Real Academia Española,
tiene tres acepciones; ninguna deseable. En esta ocasión no me referiré a la
enfermedad, sino a su primera acepción, relacionada con la ira o el enojo.
En algunos personajes hay suficiente “humildad” para abrazar al
más necesitado, pero no la hay para abrazar el trabajo del día a día en lo que
les toca y combatir de fondo las condiciones que impiden el bienestar, el bien
común, pues.
Hay suficiente “humildad” para ir a barrios, ensuciarse los pies,
pero no para hacer equipo con actores políticos de las mismas siglas. La
ambición está por encima de esa mal llamada humildad. Prevalece la cólera en
contra de otros actores políticos, llenando de intrigas el escenario y minando
posibilidades a sus copartidarios, sin darse cuenta de que esas piedras que hoy
ponen en el camino, mañana serán obstáculo de su propia ambición.
La humildad, al ser ese estímulo de superación que siempre ve al
futuro, implica no atropellar a los demás; implica hacer equipo, trabajar en lo
que nos toca para dejar legado y mejorar constantemente, sabiéndonos
perfectibles. La humildad, en tiempos de la cólera de las pre-pre-pre campañas,
vendría bien a muchos actores políticos.
Apunte al aire
Esa falta de humildad para reconocer el trabajo ajeno se vuelve
pragmatismo puro cuando analizamos las reglas del juego que vienen.
En sus marcas, listos… fuera.
No parece, pero ya inició la carrera por las presidencias
municipales, diputaciones locales y federales en Puebla. Hay mucho en juego y
poco tiempo para corregir el rumbo. Si me preguntas quién tiene ventaja en este
proceso interno iniciado por el partido mayoritario en México, te diría que
quienes buscan la reelección. ¿Por qué? Como siempre, aquí mis argumentos.
Primero: no es casualidad que la legislación haya establecido una
vacatio legis en la prohibición de la reelección. Es un acuerdo político. De no
querer permitirla, quienes tienen la mayoría —los partidos de la 4T— la habrían
prohibido para 2027 y no para 2030. El mensaje está ahí.
Segundo: nadie alcanza los niveles de conocimiento y
posicionamiento de un alcalde en funciones. Vaya, podrán tener negativos del
80% —como ha pasado, me consta— y aun así ganar una elección. Quizá la gente
piensa: más vale malo por conocido que bueno por conocer. También es posible
que ese 20% que aprueba sí salga a votar, mientras el 80% restante se diluye
entre el abstencionismo y una oposición fragmentada.
Tercero: construir una imagen, un equipo y una candidatura en seis
meses es complicado. Sobre todo en los ayuntamientos, que son la autoridad más
cercana a la gente. Si el presidente municipal simplemente hace bien su
trabajo, esa es la mejor campaña posible. Los que no tienen el cargo nadan
contra corriente.
Buscar la reelección no garantiza el triunfo en las urnas. Vaya,
no tenemos nada garantizado más que la muerte. Ahí está el caso de Claudia
Rivera y su estrepitosa derrota. Pero, sin duda, el hándicap es muy favorable.
Hay varios ejemplos… al tiempo.

