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La miseria humana de Arturo Rueda

 

Por Rodolfo Herrera Charolet

La muerte de un funcionario no es un género periodístico. Es un cadáver, una familia destrozada y una investigación que todavía no termina. Lo que ocurrió con Rubén Alberto Curiel Tejeda —hallado herido de bala en el sótano 3 del CIS Angelópolis— se convirtió, en menos de 24 horas, en otra cosa: un relato íntimo, detallado y moralizante sobre infidelidad, amenaza de divorcio y “puerta falsa” tomada por desesperación.

Ese relato no surgió de un comunicado institucional cerrado. Surgió de un medio que primero alimentó la alarma y después entregó la explicación más íntima posible: la esposa descubrió una relación extramarital, exigió el divorcio y advirtió que lo exhibiría en redes. Ante el temor al escándalo, según esa versión, Curiel Tejeda se disparó.

Ese es el punto exacto donde el periodismo deja de informar y empieza a administrar la miseria humana.

El afán de la primicia sobre el cadáver todavía caliente

La Fiscalía General del Estado, el mismo viernes, habló con cautela: los primeros indicios apuntaban a una muerte autoinfligida, pero las diligencias continuaban y nada se daba por concluido. Esa formulación —preliminar, condicional, incompleta— es la única honesta en las primeras horas de un hallazgo con arma de fuego dentro de un recinto gubernamental.

Horas después, Diario Cambio, dirigido por Arturo Rueda, publicó la “exclusiva” que convertía la hipótesis ministerial en certeza narrativa: conflicto familiar, infidelidad, amenaza de exposición pública, desesperación. El director del medio la difundió como tal.

El problema no es solo la velocidad. Es el contenido. Se tomó lo más privado de una persona —su matrimonio, su supuesto engaño, el miedo al oprobio— y se lo ofreció como causa eficiente de su muerte. Se le puso nombre a la esposa. Se reconstruyó una noche de crisis. Se le atribuyó al muerto un cálculo: prefirió el disparo al escándalo.

Eso no es investigación periodística. Es anatomía pública de una vergüenza ajena.

La ética que se evapora cuando hay clics

Los códigos deontológicos más básicos sobre cobertura de suicidios coinciden en lo mismo: no especular sobre motivos íntimos, no detallar el método, no presentar la muerte como solución comprensible a un problema, no convertir el dolor familiar en material de consumo. Aquí se hizo exactamente lo contrario.

Se hizo, además, mientras otras voces periodísticas ya señalaban contradicciones: el funcionario había trabajado con normalidad el día anterior, tenía un libro por presentar, acababa de adquirir una propiedad, y el hallazgo ocurrió en un sótano de un edificio oficial. Esas dudas no desaparecen porque un medio decida que la explicación más suculenta es la conyugal.

Peor: al día siguiente circulaban versiones de que la propia Fiscalía habría descartado el suicidio y abierto línea de homicidio doloso. Si eso se confirma, la nota que describió con lujo de detalle la “puerta falsa” no solo fue invasiva. Fue prematura y potencialmente falsa.

La miseria no está solo en el acto de quitarse la vida —si es que eso ocurrió—. Está en la prisa por explicar el acto con la vida sexual y matrimonial del muerto, antes de que existan peritajes, necropsia o determinación ministerial firme.

El periodista como juez de alcoba

Arturo Rueda no es un reportero improvisado. Es un periodista con décadas en Puebla, dueño de un estilo confrontacional y de un medio que ha vivido sus propias guerras judiciales. Precisamente por eso el estándar debería ser más alto, no más bajo.

Cuando un medio con esa trayectoria decide que el público “necesita saber” que un coordinador jurídico se mató porque su esposa lo iba a exhibir por infiel, está haciendo dos afirmaciones simultáneas:

  1. Que el motivo ya está establecido.
  2. Que ese motivo, íntimo y humillante, es de interés público.

La primera es periodísticamente temeraria. La segunda es éticamente indigente.

Hay un abismo entre informar que las autoridades investigan una muerte violenta de un funcionario y reconstruir la pelea matrimonial de la noche anterior como si se tratara de un expediente cerrado. El primero es periodismo. El segundo es voyerismo con membrete.

Lo que queda cuando se apaga el flash

Una viuda, hijos, colegas, una investigación abierta y una sociedad que acaba de recibir la lección implícita de que, si un hombre poderoso muere de un balazo, lo más urgente es saber con quién se acostaba.

Esa es la miseria humana de la que habla el usuario: no solo la del funcionario que —según una versión— no soportó el peso de su propia doble vida, sino la de un periodismo que no soporta el silencio, la duda o el respeto al duelo. Prefiere la historia redonda, el móvil doméstico, el pecador castigado.

Mientras la Fiscalía no cierre el caso, cualquier relato que presente como hecho la infidelidad, la amenaza de divorcio y el suicidio por vergüenza no es información. Es una apuesta. Y las apuestas con cadáveres ajenos suelen salir caras, primero para la familia y después, a veces, para la credibilidad de quien las publica.

El periodismo no está obligado a ser compasivo. Está obligado a ser preciso y a no convertir el dolor privado en espectáculo antes de tiempo. En este caso, se eligió lo segundo.


Fuentes:

  1. https://x.com/FiscaliaPuebla/status/2103541107749745059/photo/1
  2. https://www.diariocambio.com.mx/2026/policiaca/esposa-de-curiel-tejeda-reconoce-que-se-suicido-y-descarta-la-version-del-homicidio-en-el-cis/
  3. https://www.diariocambio.com.mx/2026/policiaca/conflicto-familiar-y-amenaza-de-divorcio-llevaron-a-curiel-tejada-al-suicidio-en-el-cis/