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El alumbrado que dejó al erario en tinieblas

 


El alumbrado que dejó al erario en tinieblas
El apagón no fue de luminarias: fue de hacienda

Opinión | Rodolfo Herrera Charolet

En política hay avisos que se archivan como trámite y facturas que llegan años después. El 8 de agosto de 2003 varios diputados de la LV Legislatura —José Rodolfo Herrera Charolet, de Convergencia; Jesús Edgar Alonso Cañete y Odón Abad Sidar Fierro, del PRD; Armando Pascual Herrera Guzmán, del PT; Carlos Manuel Meza Viveros, Javier López Zavala, Alejandro Armenta Mier, Humberto Vázquez Arroyo, Gregorio Raúl Flores Rosas y Jorge Arnulfo Camacho Foglia, del PRI— presentamos ante el Auditor General del Órgano de Fiscalización Superior una denuncia contra el entonces presidente municipal Luis Paredes Moctezuma. No pedíamos un titular de un día. Pedíamos que se investigara un título de concesión firmado el 22 de enero de ese año a favor de Mexicana de Mantenimiento de Alumbrado, S.A. de C.V., por quince años, sobre infraestructura de luminarias y semáforos.

Este caso no apagó la calle. Apagó la hacienda: un contrato largo, un capital mínimo y una salida que la ciudad terminó pagando.

Firmamos juntos legisladores de cuatro partidos. Eso, en Puebla, ya era noticia: no era la disciplina de una fracción, era una coincidencia incómoda sobre el erario. Decíamos, con la Constitución en la mano y no con un mitin, que el acto mezclaba figuras jurídicas, se había adjudicado de manera directa después de una invitación declarada desierta, no acreditaba con claridad la voluntad del Cabildo y omitía lo esencial de una concesión: contraprestación al municipio, reversión de bienes y competencia real. El artículo 28 prohíbe prácticas que cierren el mercado; el 134 ordena que el gasto público se ejerza con eficiencia, transparencia e imparcialidad. El 104 de la Constitución local reserva al municipio servicios que no se improvisan en un despacho.

Se nos contestó, como suele ocurrir, que éramos opositores. Lo éramos. También éramos diputados con la obligación de vigilar. La ironía ligera del caso es que el documento no insultaba: citaba doctrina, fechas y cláusulas. Advertía que un servicio cotidiano —la luz de la calle, el semáforo en la esquina— se estaba convirtiendo en un privilegio privado de largo plazo. Quince años no caben en un trienio. Quien firma así no administra: hipoteca.

Lo que el título municipal no decía —y el Cabildo debió exigir antes de firmar— ya constaba en escritura. Mexicana de Mantenimiento de Alumbrado se constituyó el 25 de noviembre de 2002 ante el notario 13 del Distrito Federal, Ignacio Soto Sobreyra y Silva, por escritura 45,582. El primer testimonio se inscribió el 6 de diciembre de 2002 en el folio mercantil 297,871 del Registro Público de Comercio. Capital mínimo fijo: 50 mil pesos. Variable: ilimitado. Ese mismo 6 de diciembre la asamblea reformó el objeto social e incluyó, de manera expresa, semáforos y servicios de alumbrado concesionados.

El mapa de la propiedad quedó asentado el 10 de abril de 2003 y se protocolizó el 20 de mayo ante el mismo notario, acta 46,915, volumen 734. Citélum, S.A., representada por Alejandra Parrodi, aparecía con 49,999 acciones de la serie I y 989,000 de la serie II. Mantenimiento y Obras de Servicios Eléctricos Catalanes, S.A., representada por Juan Carlos Serra y Daniel A. Del Río, aparecía con una acción de la serie fija. Subtotal del capital fijo: 50 mil pesos. Una acción. Un peso. La parte variable no sustituye a la fija cuando de lo que se trata es de sostener una concesión de quince años: esa parte fija era de 50 mil pesos. Con esa ingeniería se recibió el contrato sobre la luz de una ciudad. Una concesión de largo plazo entregada a una sociedad de 50 mil pesos en la porción fija no es modernización: es un título que nació desproporcionado. Si el Ayuntamiento firmó, si el procedimiento se declaró desierto y diez días después se adjudicó en directo, y si el órgano colegiado no detuvo el acto, el daño no fue un accidente de redacción. Fue el resultado de un procedimiento que no resistió el primer examen serio.

El tiempo, que no milita en ningún partido, se encargó del resto. Enrique Doger Guerrero heredó el contrato. En abril de 2005 el Cabildo declaró inexistente aquella concesión por irregularidades en el procedimiento de origen y la administración municipal la canceló. Salir no fue un acto gratuito de voluntad política. La empresa recibió una indemnización de poco más de 35.6 millones de pesos, con cargo al erario, para dar por terminado lo que se había presentado como un acto de modernización.

Ya cancelado el título, en 2007 la sociedad mudó de nombre. El 12 de septiembre de ese año, por testimonio 7078 del notario de Puebla Humberto Barbosa López, Mexicana de Mantenimiento de Alumbrado quedó como Citelum México.

Ahí está el dato que debería cerrar el debate sobre si “se exageró” en 2003. No se exageró: se anticipó. La ciudad pagó para deshacer un negocio que, según la denuncia, nunca debió atarse de esa manera. Treinta y cinco millones no son el costo de un poste; son el precio de la prisa y de la vaguedad jurídica. Los denunciantes no cobramos esa factura. La cobró el municipio porque el título se firmó antes de haber sido sostenido.

La historia no termina en la indemnización. Tras la salida de MMA el Ayuntamiento asumió de forma provisional el servicio. Más adelante volvieron a aparecer, con otro membrete, razones sociales del mismo consorcio: Traffic Light y, de nuevo, Citelum México. Cada administración que las contrató lo hizo por su propio convenio. El patrón no necesita sumas ajenas: el alumbrado de Puebla regresó, una y otra vez, al universo empresarial que en 2003 recibió quince años con 49,999 acciones fijas en Citélum, S.A., y una sola acción en la socia catalana.

Conviene ser objetivos. Una denuncia no es una sentencia. El escrito de 2003 imputó simulación de figura jurídica, menoscabo al patrimonio y violaciones al marco de competencia; correspondía al órgano fiscalizador y, en su caso, a otras autoridades, acreditar responsabilidades individuales. Lo que sí quedó acreditado en los hechos posteriores —y ahora también en el testimonio notarial— es lo más simple y lo más grave: el título no sobrevivió el primer relevo de gobierno, nació de una empresa de capital fijo irrisorio y su ruptura costó 35.6 millones de pesos al erario. Si el acto hubiera sido impecable, no habría habido que declararlo inexistente ni indemnizar para salir.

También conviene no convertir esto en nostalgia de oposición. El problema no es que una empresa preste un servicio técnico. El problema es cómo se otorga, por cuántos años, con qué capital real, con qué contraprestación, con qué reversión de bienes y con qué posibilidad de que otros compitan. Cuando el procedimiento se encoge, el mercado se cierra solo. Cuando el Cabildo no decide con claridad, el presidente municipal gobierna como si el colegio fuera un adorno. Cuando se mezcla alumbrado con semáforos, se toca el tránsito, un ámbito que la Constitución local no entrega con la misma holgura. El objeto social reformado en diciembre de 2002 ya hablaba de semáforos; el título de enero de 2003 los metió en el paquete.

Hay quien dirá que 35.6 millones parecen una nota al pie. Al erario no le importan las proporciones literarias. Cada peso que se va en indemnizar un contrato mal nacido es un peso que no pavimenta, no ilumina una junta auxiliar y no fortalece la hacienda que todos declaran defender en campaña. La oposición de 2003 no pidió que Puebla se quedara a oscuras. Pidió que la luz no se concesionara a oscuras.

No se trata de reabrir un expediente para saldar cuentas personales. Se trata de recordar que los documentos existen, las fechas existen, las actas notariales existen y las cifras existen. El 25 de noviembre de 2002 se constituyó la sociedad. El 22 de enero de 2003 se firmó el título. El 10 de abril se protocolizaron los poderes y la lista de acciones. El 8 de agosto se denunció. En 2005 se pagaron 35.6 millones para desarmar lo firmado. En 2007 la sociedad cambió de nombre ante notario. Después el servicio volvió a contratarse, administración por administración, con empresas del mismo grupo. Esa secuencia no pide interpretación. Pide método: advertir a tiempo sale más barato que indemnizar tarde.

Puebla ha discutido durante veinte años el alumbrado como si fuera un tema de focos. Es un tema de Estado municipal: legalidad, competencia y patrimonio. Los diputados que firmamos aquella denuncia no éramos profetas. Éramos, con todos nuestros defectos de fracción y de época, legisladores que leyeron un contrato de quince años otorgado a una empresa cuya serie fija era de un peso y 49,999, y preguntamos lo único que debía preguntarse: ¿quién gana, ¿quién paga y quién responde? La ciudad ya conoce la respuesta en pesos. Falta que la conozca, de una vez, en reglas que no se vuelvan a firmar de prisa.

¿O no lo cree usted?