La entrevista de 1891 con Agustina Castro (viuda de Tomás Mejía) y el contexto histórico ampliado
La entrevista que citas se publicó originalmente en La Voz de Guanajuato (y se reprodujo o se basó también en reportajes del Diario del Hogar) en agosto de 1891. El periodista Víctor M. Venegas entrevistó a Agustina Castro, entonces viuda en situación de extrema pobreza, sobre los últimos días de su esposo, el general Tomás Mejía (1820-1867), fusilado el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas (Querétaro) junto a Maximiliano de Habsburgo y Miguel Miramón.
Detalles de la entrevista y la negativa a fugarse
El texto que compartes coincide con las versiones históricas conservadas. Agustina relata que el general Mariano Escobedo (quien le debía la vida a Mejía, pues este le había perdonado la vida años antes en Río Verde) le habló con franqueza desde el principio: era imposible salvar a “Tomasito” por las circunstancias legales y políticas. Escobedo no ocultó la verdad.
Más concretamente, el capitán Alcaraz (liberal pero afecto a Mejía) ofreció facilitar la fuga: comprometía su propia cabeza para sacarlo fuera de las fortificaciones si Agustina preparaba caballos. Mejía, al enterarse por su esposa, rechazó la propuesta con melancolía y firmeza:
«No seas niña, no seas tonta. […] Soy pobre pero honrado; al morir nada tengo que dejar a ustedes, sino a ti mi cadáver, a mis hijos un nombre sin mancha. Muero satisfecho porque creo haber cumplido con mi deber. […] Pelié como bueno, fui vencido, caí al lado de los míos, ellos mueren, los acompañaré; lo demás sería infame, y una infamia jamás la cometerá.»
Se negó a escapar solo; solo aceptaría si podían salvar también a Maximiliano y a Miramón (condiciones inaceptables para los republicanos). Esta lealtad inquebrantable es uno de los rasgos más destacados de su carácter en las crónicas de la época. Tras el fusilamiento, Agustina recuperó el cadáver (que permaneció embalsamado varios meses en la sala de su casa por falta de recursos) y enfrentó una larga miseria; Escobedo incluso le ofreció asilo, y más tarde hubo gestiones ante Francisco José de Austria por el ofrecimiento de ayuda que Maximiliano había hecho a la familia.
Quién fue Tomás Mejía
Indígena de la Sierra Gorda (Pinal de Amoles, Querétaro), Mejía fue un militar de carrera que combatió en la Guerra de Estados Unidos-México, se adhirió firmemente al bando conservador durante la Revolución de Ayutla y la Guerra de Reforma, y se unió a la causa imperial en 1863. Participó en la defensa de plazas clave (San Luis Potosí, Matamoros, etc.), recibió condecoraciones de Maximiliano (Gran Cruz de la Orden del Águila Mexicana y de Guadalupe) y comandó la caballería en el sitio de Querétaro. Era conocido por su valor, austeridad, generosidad con los prisioneros (perdonó vidas en varias ocasiones) y profundo catolicismo.
¿Qué le prometió Mejía a Maximiliano cuando el archiduque llegó a México?
Maximiliano y Carlota desembarcaron en Veracruz en mayo de 1864 y llegaron a la Ciudad de México el 12 de junio. Mejía estaba presente en la recepción oficial en el Palacio Nacional. Fue designado portavoz de los Caballeros de Guadalupe; Maximiliano lo abrazó y le otorgó distinciones.
No existe una cita textual única y universalmente documentada de una “promesa” formal pronunciada exactamente el día de la llegada (las fuentes oficiales y periodísticas de 1864 se centran más en los discursos protocolarios y el juramento imperial). Sin embargo, la tradición histórica y las crónicas de la época (reforzadas por la conducta posterior de Mejía) coinciden en que el general ofreció desde el primer momento su lealtad incondicional y su disposición a servir y morir por la causa imperial y por el emperador.
Esta promesa de fidelidad absoluta se materializó de forma dramática en Querétaro (1867): cuando Maximiliano llegó a la ciudad y se atrincheró, Mejía (ya enfermo y agotado) se quedó a su lado, participó en todas las operaciones de defensa y, al final, rechazó cualquier posibilidad de salvación personal para acompañarlo hasta el fusilamiento. En los momentos previos a la ejecución, Maximiliano le dijo: «General, lo que no se premia en la tierra, lo premia Dios en la gloria». Mejía murió en silencio, con dignidad, después de besar un crucifijo.
En resumen, la “promesa” de Mejía fue la de un soldado conservador que vio en el Imperio una posible solución a la anarquía y que mantuvo su palabra hasta el final: lealtad total, incluso a costa de la vida y dejando a su familia en la pobreza. Es uno de los ejemplos más claros de honor militar del siglo XIX mexicano, más allá de las etiquetas de “imperialista” o “traidor” que la historiografía oficial posterior le impuso.
Si deseas que profundice en algún aspecto concreto (biografía completa de Mejía, el sitio de Querétaro, el destino de Agustina y sus hijos, o fuentes primarias adicionales), avísame.

