Dos palabras con poder
Es
que… las excusas también sirven para no ver la realidad
Rodolfo
Herrera Charolet
Entre los recuerdos célebres del México contemporáneo, pocos “Es
que” han alcanzado la categoría de legendarios. Durante la noche electoral del
6 de julio de 1988, cuando los resultados comenzaron a inclinarse de manera
incómoda, el entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz,
pronunció una de las frases más recordadas y cuestionadas de la política
mexicana: “el sistema se cayó”. Con esa excusa técnica se suspendió el conteo
de votos durante varias horas, sembrando una profunda desconfianza ciudadana y
alimentando la sospecha de fraude electoral.
Aquel “el sistema se cayó” se convirtió en el símbolo perfecto del
“Es que” institucional: cuando los resultados no convienen, siempre aparece un
fallo técnico, un error del sistema o una circunstancia externa que evita
asumir la realidad. Poco después, el escándalo tomó otro rumbo cuando Diego
Fernández de Cevallos justificó la quema de las boletas electorales
resguardadas en los sótanos de San Lázaro. La sospecha terminó por convertirse
en infamia y Carlos Salinas de Gortari consolidó su mandato.
En el México de todos los días existen dos palabras que actúan
como una varita mágica: “Es que”. Las pronunciamos con la misma naturalidad con
la que pedimos un taco al pastor, pero su poder es mucho mayor. Con ellas se
eluden responsabilidades, se justifican descuidos y se corona la mediocridad
como reina de la vida cotidiana.
“Es que no me dio tiempo”. “Es que el tráfico estaba horrible”.
“Es que la computadora se trabó”. “Es que mi jefe no me explicó bien”. La lista
es interminable, tan larga como las promesas de un candidato en campaña.
Aunque no existe un estudio específico sobre esta expresión,
diversos trabajos sobre productividad permiten dimensionar sus efectos. Darius
Foroux, en una encuesta aplicada a más de 2,200 personas, encontró que el 88%
de los trabajadores reconoce procrastinar al menos una hora al día, con un
promedio de dos horas y once minutos. Reportes de Wrike indican además que los
proyectos registran un sobrecosto promedio de tiempo del 74%. En México no
existen mediciones precisas, pero la percepción de que frases como “ahorita lo
veo” o “se me complicó” forman parte de la cultura laboral resulta difícil de
negar.
Nadie cuestiona que enfermedades, accidentes o emergencias
familiares merecen comprensión absoluta. El problema surge cuando el “Es que”
se convierte en la respuesta automática ante cualquier descuido evitable:
porque falló el sistema, porque había tráfico, porque no guardé el archivo o
porque “no me explicaron”.
En Puebla también hemos visto este tipo de justificaciones.
Antonio Gali atribuyó reiteradamente los problemas a la herencia recibida,
mientras Miguel Barbosa afirmó haber encontrado “un estado muy dañado” y, en
plena pandemia, llegó a presentar el mole de guajolote como la mejor “vacuna”
poblana. Qué conveniente resulta que los problemas siempre provengan del pasado
o de factores externos.
Esta
práctica no es exclusiva de Puebla ni de México.
Políticos de todos los tiempos y latitudes han
usado fórmulas similares: “se cometieron errores” (Nixon y Reagan), “el error
de diciembre” (Salinas), o “recibimos un país en ruinas” (López Obrador).
Siempre hay un culpable anterior, un sistema o una circunstancia que absuelve
al presente, sin aportar soluciones a los problemas que parecen acumularse.
Por
supuesto, también existen gobernantes y funcionarios que han asumido su
responsabilidad con honestidad. Ellos demuestran que otro camino es posible. En
donde la justificación de la falta de responsabilidad ciudadana se minimiza
para enfocarse hacia la honestidad y eficiencia gubernamental.
Estudios
de Gallup y Harvard Business Review confirman que cuando los líderes asumen
ownership, aumenta la confianza, mejora la motivación y se reduce la cultura de
las excusas. El círculo virtuoso funciona.
Una
alternativa es empezar por cambiar el lenguaje y cuestionar con honestidad
nuestras propias excusas. Porque existe una diferencia abismal entre el
"Es que" de un ciudadano y el de un gobernante: el primero suele
afectar a una persona; el segundo puede afectar a toda una sociedad.
Conozco
también el caso de un diputado local, cuya impuntualidad era una constante y
siempre encontraba un “es que” para justificarla. Un día fue citado por el
gobernador para ofrecerle un cargo en el Poder Ejecutivo, pero llegó tarde y
solo fue recibido por el Secretario de Gobernación con un encargo menor. La
oportunidad se perdió entre excusas y silencios. A veces, una justificación
aparentemente inofensiva termina cambiando el rumbo de una carrera.
Viví
esa realidad de manera muy cercana. El 9 de noviembre de 1999 debía abordar el
vuelo 725 de TAESA con ruta Uruapan–Ciudad de México. Minutos antes recibí la
instrucción de permanecer en tierra por órdenes del entonces gobernador Víctor
Manuel Tinoco Rubí. Mientras esperaba nuevas indicaciones en un hotel, las
noticias nacionales informaban que el avión en el que debía viajar se había
estrellado poco después de despegar. Murieron sus 18 ocupantes.
A
partir de ese momento comenzó una cadena de explicaciones que parecían cambiar
conforme avanzaban los días. Primero se habló de una falla mecánica; después,
de un error de los pilotos; más tarde, de problemas de mantenimiento y
deficiencias en los estándares de seguridad. Cada nueva versión parecía
desplazar a la anterior, como si encontrar una causa inmediata fuera suficiente
para aliviar la responsabilidad de fondo.
Aquellos
"es que" ya no eran simples justificaciones para llegar tarde o
incumplir un compromiso: eran explicaciones alrededor de una tragedia que había
cobrado vidas humanas. Al final, más allá de cuál hubiera sido la causa técnica
inmediata, quedó al descubierto que las fallas no surgieron de un instante,
sino de una cadena de decisiones, omisiones y responsabilidades que durante
demasiado tiempo encontraron una explicación conveniente antes que una
solución. La verdad terminó imponiéndose, pero llegó cuando ya no podía
devolver la vida a nadie.
Las
palabras “Es que” no explican todos los males del país, pero sí sirven con
demasiada frecuencia para evadir la propia responsabilidad. Y mientras sigamos
tolerando ese cómodo hábito, seguiremos pagando el costo de una productividad
baja y una confianza frágil o las tragedias que pudieron haberse evitado.
Las
instituciones no pierden credibilidad por equivocarse; la pierden cuando
convierten las excusas en costumbre. Quizá el sistema como los aviones puedan
caerse; lo que nunca debería caer es la responsabilidad de explicar la verdad.
¿O
no lo cree usted?

